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Historia de Iris

Por Marilú Wiegold

El sol abrasador de Piura iluminaba el kilómetro 980 de la Panamericana Norte cuando, siguiendo la huella que dejaba el camión cisterna que llevaba agua limpia, apareció un pequeño albergue que al decir de la gente se llama ‘980’. La gente se agolpaba para recibir agua; y en otro lado del sendero, un grupo de familias personas esperaba por algún alimento bajo el sol ardiente. Una treintena de carpas ordenadas con espacios al aire libre asemejando un patio para reunirse a cocinar, lavar, conversar sobre la situación por la que están pasando las familias, se veían dispuestas sobre un inmenso terral. Cuatro palos forrados de plástico negro hacen de ducha improvisada. Y allí, entre las muchas familias y hartos niños, estaban los Castro.

Armando e Iris, habían salido corriendo de su comunidad cuando vieron que el río llegaba y lo arrasaba todo. Armando cuenta que acompañaron en medio de la noche a las mujeres y los niños, que los llevaron al polvoriento ‘980’, mientras ellos regresaban a ver qué podían salvar. ‘No pudimos salvar nada, ni siquiera un animalito. Nada de ropa, ni de muebles, ni de nada’- cuenta Armando. ‘Felizmente para ese momento mi esposa, mi hija y mi madre ya estaban aquí, a buen recaudo’.

‘Habíamos progresado como familia con mucho esfuerzo, yo era promotora del programa Cuna Más y ayudaba a otras mamás a que aprendan a cuidar a sus hijos más pequeños. Estaba muy feliz con mi trabajo porque me gustan los niños y podía ayudar a mi comunidad. Y Armando, mi esposo, trabajaba como albañil. Ahora no tenemos nada, estamos tratando de equipar nuestra carpa un poco mejor, y esperando que podamos regresar a nuestro pueblo’, señala Iris con el rostro apacible y una inmensa dosis y dignidad.

Iris cuenta que son dieciséis familias que llegaron al ‘980’, que luego los alcanzaron varias familias más. Señala que al principio tenían solo una carpa así que los niños y niñas dormían dentro de ella, y los adultos pasaban la noche a la intemperie, con la lluvia incesante, iluminados por las estrellas del cielo piurano. ‘Durante el día los niños y niñas juegan en la tierrita, expuestos a las enfermedades y sin juguetes. Por ratos se aburren y están como deprimidos’.

Señala que sería bueno que el juego sea más organizado. ‘Creo que es bueno también preocuparse de los miedos de los chicos, están muy asustados, pero hasta ahora no tenemos mucha cabeza’. Dice también que los chicos extrañan la rutina de la escuela. ‘Todavía no se sabe cuándo empiezan las clases. El colegio también se inundó, y este albergue está lejos de nuestras casas' dice.

Durante la conversación atiende al bebé de su prima, que llora sin parar, y su madre no está. Se apoya en Alexa, su hija de ocho años, y le pide la ayude a entretener a su primita mientras llega su madre. ‘Está llorosa porque el calor la ha llenado de salpullido’. Cuando llega la prima le recomienda que le siga dando de lactar, que es lo mejor para la bebé. Milagrosamente la pequeñita empieza a mamar y se apacigua.

Iris interrumpe la charla porque ha llegado la hora del baño de Alexa. Comparte la tarea con Armando, y Alexa disfruta el momento a pesar de la poca agua empleada. ‘Hay que cuidarla, los niños no entienden lo que está pasando. Yo, a Alexa, la traje a este lugar con engaños porque no quería salir de nuestra casa’. Iris pierde la serenidad por unos instantes y se le quiebra la voz cuando reitera que para los niños es difícil entender lo que ha pasado. Mientras la conversación va terminando, Armando –su esposo- va vistiendo a la niña luego del baño. Iris les sirve el almuerzo tardío. Arroz con lentejas que han recibido de la ayuda que ha llegado. Es hora de irse, la familia tiene que seguir su rutina.

En Piura hay 112,179 niños y niñas afectados y damnificados. De ellos, 12,372 son menores de 2 años.