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Historia de Diego

Por Manuel Moreno

Desde lo alto de la colina podía ver el barrio inundado del Asentamiento Humano de El Indio, una comunidad cercana a Piura, en el norte de Perú.

Desde enero, las lluvias torrenciales y las inundaciones han cobrado la vida de más de 90 personas y han afectado a casi un millón de personas, de las cuales el 30 por ciento son niños, niñas y adolescentes.

“Vivo allí, en esa casa rosada”, dijo una voz detrás de mí. Dí la vuelta y allí estaba él, Diego López, señalando una de las casas dañadas al pie de la loma. Aquel niño de 7 años me miraba con ojos grandes, frunciendo el ceño. Estuvo serio por unos instantes, pero rápidamente me regaló una sonrisa a la que le faltaba sus dos dientes delanteros. Le devolví la sonrisa de inmediato. "Nunca he visto tantas casas y calles rodeadas por tanta agua", le dije.

Se encogió de hombros y dijo con franqueza: “Yo tampoco. El agua llegó a las paredes de las casas, donde ahora está verde”.

"Ha llovido mucho, todos los días" –dijo– y continuó contándome cada detalle y recordando la noche de la tormenta más mortífera que Perú haya vivido en décadas. "Esa noche estaba jugando con mis juguetes y mi mamá me metió en la cama. Comenzó a llover muy fuerte. El viento sopló las calaminas y en muy poco tiempo había agua por todas partes".

Diego admitió que nunca había estado tan asustado en su vida. "Tenía miedo porque el agua corría muy fuerte y parecía que me iba a arrastrar", dice.

Todo estaba oscuro cuando su madre lo despertó. Diego no podía encontrar sus zapatos, estaban flotando bajo su cama.

"Rayos, truenos y viento... Pensé que se acercaba un remolino", explica. "Me levanté y empecé a ayudar a mi mamá a usar baldes para que el agua no entrara en la casa. Todo estaba embarrado: el piso de mi habitación y la sala. Estuvo lloviendo toda la noche. Por la mañana la calle y todo el pueblo estaban inundados".

En los últimos días he estado viajando por todo el norte y las zonas más afectadas del país. He sido testigo de la tremenda destrucción: casas arruinadas, puentes colapsados, carreteras cortadas y escuelas destruidas.

Hoy se calcula que más de 1.500 escuelas han sido afectadas, muchas de ellas están inhabitables.

"He pasado de primer grado a segundo grado este año porque soy muy inteligente", dice Diego sin darse importancia. "Me gusta escribir, dibujar, leer y aprender a hacer mi tareas, pero ahora no voy a la escuela. Desde que empezó la lluvia, dijeron que estaba cerrada. No sé cuándo abrirá porque la escuela está toda dañada".

Mientras que muchos niños y niñas de Perú regresaron a la escuela el pasado 27 de marzo, se calcula que más de 2 millones de niños como Diego siguen siendo afectados por los cierres de escuelas, debido a los daños causados por el desastre.

Daniel Contreras, Especialista de Educación de UNICEF en Perú, describe la situación y los riesgos que la discontinuidad de la educación podría tener en la vida de los niños y niñas: "La educación es crítica durante emergencias y tiempos de crisis. La escuela puede proporcionar la estabilidad, la estructura y la rutina que niños y niñas necesitan para enfrentar la pérdida, el miedo y el estrés". "A nivel nacional la situación se está normalizando, pero hay regiones donde no está claro cuándo los niños podrán volver a la escuela. Esto significa que los niños, niñas y adolescentes deben moverse a espacios alternativos para acceder a los servicios educativos ", agregó.

UNICEF Perú ya está respondiendo a la crisis y está apoyando activamente al Gobierno para proteger a los afectados y asegurar que los niños y niñas continúen su educación y puedan cumplir sus sueños. UNICEF solicita urgentemente US$ 3 millones para su respuesta de emergencia a la crisis.

2 de abril de 2017